
El misionero Ismael “El Terrible” Flores protagonizó uno de los grandes golpes recientes del boxeo argentino al imponerse por decisión unánime al invicto mexicano Isaac “Puro México” Lucero en Las Vegas.
En el T-Mobile Arena, y en una pelea pactada a diez rounds, el oriundo de Campo Grande dominó de principio a fin a un rival que llegaba como favorito, con una racha impecable y un alto porcentaje de nocauts. Las tarjetas de los jueces —98-92, 99-91 y 98-92— reflejaron con claridad la superioridad del argentino, que se quedó con títulos regionales y, sobre todo, dio un paso clave hacia la escena internacional.
Pero más allá del resultado, hay una historia de esfuerzo, sacrificio y convicción detrás de ese triunfo. Desde Barcelona, donde se encuentra actualmente, Flores dialogó con Misiones Online y dejó en claro la dimensión emocional de lo vivido: “Muy contento con todo lo vivido este fin de semana”, expresó, aún con la adrenalina de la victoria.
Lejos de dejarse intimidar por el escenario o el récord de su rival, el misionero aseguró que el aspecto mental fue clave desde el inicio. “Durante la semana ya me estaba visualizando todo lo que iba a hacer. Al subir al ring, escuchando mi música, controlé los nervios automáticamente. La verdad que no pasaron los nervios por mi cabeza. Disfruté cada momento, cada paso hacia el ring y cada round”, contó.
La pelea, que llegó con poco tiempo de preparación —apenas dos semanas y media—, fue trabajada con una estrategia clara junto a su equipo. “Sabíamos que si lo llevábamos a nuestro territorio, él se iba a sentir incómodo, como un boxeador sin experiencia”, explicó. Y así fue: round tras round, Flores fue imponiendo condiciones hasta neutralizar por completo a Lucero. “Nos fuimos sintiendo cada vez más cómodos y eso hizo que el rival se meta en nuestro territorio. Por eso ganamos por amplia decisión”, agregó.
“En el cuarto asalto dejé de hacer un poco lo que veníamos trabajando y él se sintió cómodo. Pero desde el quinto, con lo que me pedía la esquina, sabíamos que la pelea ya estaba de nuestro lado”, reveló. La clave, según contó, estuvo en mantener la calma y no caer en el intercambio innecesario: “Me decían que no regale nada. A mí me gusta la corta distancia, pero había que boxear inteligente”.
El impacto del triunfo superó sus propias expectativas. “Sabía la dimensión que tenía ganarle a un boxeador así, pero no imaginaba todo lo que iba a generar. Que toda Argentina esté hablando de esto me llena de orgullo”, confesó. Y añadió: “Para mí es un honor representar a Argentina y ojalá pueda hacerlo muchas más veces”.
Detrás de ese presente exitoso hay una historia profundamente ligada al trabajo y al sacrificio. Nacido en Campo Grande y criado en un entorno rural, Flores creció trabajando junto a su familia en la cosecha. “Mi padre era capataz de yerba, mi madre también trabajaba ahí. Nosotros nos criamos trabajando en la yerba mate, en el té, carpiendo, haciendo todo lo que se hace en Misiones”, recordó.
Su vínculo con el boxeo comenzó a los 13 años, influenciado por sus hermanos mayores. Lo que empezó como un hobby pronto se transformó en un camino de vida marcado por el esfuerzo. “Yo no soñaba con ser campeón, soñaba con dormir en un hotel”, confesó, dejando en evidencia las limitaciones con las que creció y cómo el deporte apareció como una oportunidad para cambiar su realidad.
Ese cambio de rumbo implicó decisiones fuertes. “Dejé el colegio porque quería trabajar y entrenar. Le dije a mi mamá que no quería estudiar más, que me iba a portar bien y dedicarme al boxeo”, contó. A partir de allí, encontró en el deporte una guía: “El boxeo me dio disciplina, me alejó de la mala vida. Nunca me gustaron esas cosas, pero el boxeo me encaminó más todavía”.
Su carrera desde el comienzo fue exitosa, con títulos provinciales, regionales y nacionales, además de decenas de peleas. Sin embargo, el camino no estuvo exento de dudas. “Cuando trabajás y las cosas no se te dan, te empezás a cuestionar. Queremos que todo pase ya, pero esto lleva tiempo, sacrificio”, reflexionó.
En ese proceso, encontró también una base espiritual que lo sostiene: “Empecé a creer más en el camino de Dios. Todo llega en el momento correcto, cuando estás preparado”. Esa filosofía lo acompaña incluso hoy, en medio del reconocimiento.
Pese al crecimiento en su carrera, Flores mantiene una fuerte conexión con sus raíces. “Siempre le pido a Dios que, si me da éxito, que no me quite la humildad. Me encanta ser como soy”, afirmó. Y dejó una imagen que resume su esencia: “Me gusta comer pollo con la mano, un reviro, un poroto. Esas cosas sencillas”.
Con la bandera argentina como símbolo, el misionero no olvida de dónde viene. “Se me eriza la piel cuando escucho el himno. Me encanta representar al país y a Misiones”, dijo con emoción. Y mientras su nombre empieza a resonar en el mundo del boxeo, su historia se consolida como un ejemplo de que, incluso desde los rincones más humildes, se puede llegar a lo más alto.
FUENTE MOL
